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El perro que cojea

Cojea el perro
por la calle al sol.

Gentes sentadas
ocupadas
en terrazas,
atadas a lo que esperan
mientras el perro cojea
en la misma calle,
al mismo sol.

El perro se acerca
a la farola.
Primero huele,
luego mea.
Rompe el ruido
un carrito de helados
arrastrado por la acera.
Los niños miran.
Las madres miran.
¡Estruendo!

El perro,
ahora quieto,
se queda al pie de la mesa
de los que se sientan
a pasar la tarde
quieta
a la que ya poco le queda.
Nada pasa.
El perro se tumba.

Luego vendrán
las horas de hacer las cosas
—ajenas—
y las prisas.
Niños que chillan,
baños y duchas,
poner la mesa,
cenas rápidas,
ligeras,
alguna cuchara,
teta,
pijamas,
televisión
y cama.

Así pasa el tiempo
la gente que pisa la vida.
Mientras,
el perro
—ahora quieto—
cojea
por la calle
al sol
de una tarde cualquiera.

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