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Paraíso extraño en el que me hallo


Soy una isla.

Paraíso extraño en el que me hallo
y me hundo, tendida al sol,
con la piel abierta y resquebrajada por el calor
que aprieta desde lo alto y profundo del ser.
Humana.

Rodeada de mar.
¿Cómo no ahogarse?
Cómo no aprender a nadar.
-Ven, báñate conmigo
pero no te quedes más de lo necesario
que la compañía te asusta, recuerda-.
Y a mí, hay sombras que me abruman
si se alargan demasiado en pleno día.

No siempre es verano en las playas,
el agua también llueve lejos de las olas
mojando la brisa que abraza la arena,
el cielo, los árboles y las rocas.
Entonces nadie quiere ser isla.
La mayoría prefieren ser casa
que no es lo mismo en todas partes,
ni siempre cobija.

Pero yo, allí, en medio de la tormenta,
de la nada que nada espera
me quedo quieta,
siendo ese sueño donde muchos se camuflan
como iguanas de la vida.
Y soy tronco,
soy hierba,
soy tierra,
soy piedra.
Soy gota que ahoga,
que riega,
que baña,
que limpia.
Soy mar.
Soy isla.

Abandonada, rodeada y ansiada.


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