Mil y una noches oscuras —también con sus días— recorridos a tientas. Cuentos de niños que se hacen grandes siendo pequeños todavía. Leen bajo las sábanas de la vida, con la luz encendida, las mil y una maravillas escondidas debajo del traje, bien planchado, que se visten cada día. Sonrisa imaginada, pintada en la tazá del café tomado de prisa en el bar de la esquina donde cada mañana atiende José. El típico señor, ni joven ni mayor, que siendo niño quería ser futbolista. Hoy, que ya creció sirve desayunos, cafés fríos y rancios vinos a turistas y oficinistas con almas de príncipes y princesas, que nunca soñaron con ser simples sombras cansadas de las ostias que te de la vida.
Esa necesidad de que el alma hable, a veces susurrando, a veces chillando, pero necesidad a fin de cuentas, de expresarme, de sentirme, de vivirme, pero sobre todo, de salvarme.