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Septiembre

Voy a pintar septiembre de mil colores, de esos que me descubriste, de esos que me regalas al verte, además del marrón y del verde, del blanco y el negro, el gris, el azul, el rosa y el amarillo, que para eso se inventaron los tonos y los pantone mi vida. Lo haré un siete, mejor que un nueve. Te lo explicaría mejor, quizá otro día, hoy prefiero encerrar el duelo en el cajón que no se abre, aunque tampoco por siempre se cierre.
Nunca supe las consecuencias que me traería dibujar aquellas letras, esas que solté a bocajarro un día de esos que te pilla el frío del final del verano, de repente. En realidad, nunca supe nada, y seguiré toda mi vida sin saberlo todo cariño, eso te lo aseguro. Pero soñarte fue lo más bonito que hice. Y saberte es lo más bonito que tengo. Es curioso lo de estos verbos. Porque contigo hago de los sueños realidades, y tu y yo tenemos realidades aún por soñar a raudales.
Voy a seguir hablando de septiembre, por hablar de algo, que ya sabes que hablar no es lo mío. Mes de finales y principios. Mes de recolección y vendimia. Mes de calor y frío. De sol y tormentas. Crece la noche y mengua el día. De planes nuevos, renovación de ideas, proyectos que empiezan, dietarios que se estrenan, agendas, cuadernos, olor a hojas nuevas impresas. Tantas cosas guarda septiembre amor, ¿recuerdas? Un hola y un adiós, y un hoy todavía. Mes de las letras, para mi siempre las mías, las nuestras. Letras que se escriben desde entonces, y a pesar de todo el frío que adelanta un mes como este, aún calientan. Dime dónde termina tu ausencia y te diré dónde comienza mi presencia...le dijo la luna al sol una tarde de septiembre. Y así, empecé a recolectar noches soñadas, a escribir historias imaginadas, sembrando estrellas en los cuadernos que siempre se terminaban.
Nunca supe qué decirte a la cara, pero cuántas palabras escribí de noche, a hurtadillas, escondiéndome de los miedos que a la luz del sol me nublaban la vista, y de noche lloraban a la luna.
Algo hay en septiembre, algo que antes intuía al querer ver, en cada paseo a orillas de las lágrimas, pintar de ocre el horizonte de un día que termina. Algo que hoy mastico con el estómago hecho un puño cada vez que te recuerdo. Y te dibujo sin prisa. A oscuras. A la luz de las velas y un incienso en la mesilla. Y te escribo, entre luces y sombras, con la sonrisa pintada en el alma que me grita los recuerdos de nuestra vida. Y, a pesar del ayer que siempre comienza y termina, hoy, me promete muchos más septiembres vida mía.

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