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Mostrando entradas de septiembre, 2016

Mañana será siempre

Hola amigos y amigas. Esta entrada es para avisaros de que Soraya y yo, hemos decidido crear un blog exclusivo para contar esta historia. Así va a ser más cómodo para quien nos lea, y para nosotras mismas también.

Este es el enlace al nuevo blog: Mañana será siempre.

Esperamos que disfrutéis con esta historia.

Yo seguré escribiendo por aquí mis cositas. Gracias a todos.

Nuria.

Mañana será siempre III

[2016, Soraya Benítez y Nuria Sobrino]
     El piso olía a pan tostado y a café recién hecho. Juan Pe esperaba ya sentado a la mesa en la cocina, mientras Patricia, su hermana, le daba la espalda, colocando en una bandeja de plástico tres tazas de café con leche, tres vasos de zumo de naranja exprimida y un plato llano, enorme, repleto de rebanadas de pan. ¡Nerea, el desayuno!, gritó llamando a su amiga, que abría y cerraba un cajón, una puerta, destapaba un bote, lo cerraba, corría las perchas en la barra del armario, sacaba una de ellas, volvía a colocarla en la barra y, por fin, salía de la habitación en la que dormía, con varios cuadernos bajo el brazo, el teléfono sujeto entre el hombro y la mejilla, y una expresión satisfecha en sus labios. Los dos hermanos la miraron extrañados y ella sonrió sin menguar el entusiasmo. Cogió el vaso de zumo, lo bebió de golpe. Después, pinzó con sus dedos una rebanada y volcó el aceite de oliva sobre ella, dibujando ondas finas y doradas.

Mañana será siempre II

[2016, Soraya Benítez y Nuria Sobrino]
    Triana sobrepasaba con holgura los veinte grados al comienzo de la noche, aunque el calor no derretía el termómetro como en semanas anteriores. A esas horas, bares y terrazas empezaron a llenarse de gargantas secas y manos empuñando cañas de cerveza muy fría o alguna bebida espirituosa. Nerea y Patricia fueron a un bar de la calle San Jacinto. Les acompañaba Bicho, un pequeño bulldog francés que los padres de Patricia le habían regalado para el vigésimo quinto cumpleaños, recién nacido, color canela, todo orejas. De aquello hacía ya tres años.
— ¡Bicho, retírate un poco, hijo, que pegas calor! ―exclamó Patricia, retirando sus sandalias del lomo del perro.
— Me recuerda a Iris, qué bonachón el tío ahí tumbado debajo de la mesa. Debe tener un calor… yo me estoy asando ―dijo Nerea, abanicándose con la carta de tapas plastificada.
— Esto no es nada. Lo que pasa es que vas con esa melena de rizos suelta y… ¿qué esperas? Esta mañana sí que hacía…

Mañana será siempre

[2016, Soraya Benítez y Nuria Sobrino]
    <<I don't want to earn my living. I want to live>>. Esa frase de Oscar Wilde resonaba en la cabeza de Nerea mientras observaba desde la tribuna la fila de personas que se había formado en el Fnac de Sevilla, el nueve de septiembre. ¿Cómo había cambiado tanto su vida? Miró a la derecha y encontró la respuesta en los sesenta kilogramos de nervios e ilusión sentados a su lado, portadores de una sonrisa muy particular, esa de la que una vez creyó estar enamorada.
    ― ¡Es increíble! ¿Te has fijado? La sala está llena ―exclamó exaltada Patricia, la dueña de los sesenta kilogramos, de los nervios, la ilusión y la sonrisa.
    ― Sí, hasta arriba ―confirmó Nerea con los ojos muy abiertos―. Quién nos lo iba a decir... ¡Nuestra primera firma!
    Justo un año antes, más o menos a la misma hora, Nerea había quedado para el hamaiketako con sus amigas en la cafetería de una de ellas. Estrenaba el traje de casera que su madre, Aitziber, l…

Historias de verano

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~*~ Llegaron a aquel pueblo desde distintos caminos, con historias alejadas, y similares miedos. Miedo a la luz, miedo al mar, miedo a la gente. Ahogados en un mundo oscuro que habla de rebeldía ante una vida que aún no conocían. No se hicieron amigos queriendo, ni por impulso. Fue la coincidencia de un momento que se repitió con insitencia durante muchas tardes de aquellos días. Hay una sola manera de contar las cosas más oscuras, con la luz de la mirada del que escucha a tu lado. Así fue como se descubrieron eternos. Una tarde, cuando el sol ya anunciaba el final, se hicieron el juramento de volver siempre que uno cayera a aquel lugar, ese en el que los dos miraban de la misma manera, con la misma luz.

Ese verano se prometieron seguir tocando el sol. Cada día. Al final de todo. A pesar de la distancia.